En un rincón de la clase, en las paredes, en los pasillos... En cualquier lugar de las aulas es posible que aparezcan cosas muy interesantes que, aún aparentemente desconectadas, irán cobrando sentido en el futuro. Y pueden hacer que se aprenda la Historia, y otras disciplinas relacionadas con las ciencias sociales, con interés y entusiasmo. Ese es nuestro objetivo.

miércoles, 21 de enero de 2009

HISTORIA DE LA ODISEA

CONTAR HISTORIAS...

Son narraciones adaptadas de los clásicos, como ocurre con éste fragmento resumido de La Odisea.

Se pueden contar los grandes hechos históricos en los "rincones" del aula de educación infantil.

Es el Rincón de los Tiempos...







CÍCLOPES
Por Elvira Pérez Egea

[...] y llegamos a la tierra de los Cíclopes, orgullosos y sin leyes; no plantan un árbol con sus manos ni labran la tierra en la cual, sin siembra ni cultivo, crecen todas las plantas: el trigo, la cebada y las viñas de grandes racimos nacidos bajo las lluvias de Zeus. No tienen casa, ni costrumbres y viven en la cima de las altas montañas y en las profundas cavernas.
Así mismo tampoco tienen los Cíclopes naves pintadas de rojo, ni quién las construya.
Tiene su isla blandas y húmedas praderas a la orilla del blanco mar. Allí viven cabras silvestres. Al fondo del puerto una fuente limpia mana en el hueco de una gruta rodeada de álamos.

Éste es el lugar donde fuimos llevados, conducidos sin duda por un Dios durante la noche oscura, en la que nada podíamos ver. Una espesa niebla envolvía las naves y Selene no brillaba en el Urano, todo cubierto de nubes. Y ninguno de nosotros vio la isla por sus ojos ni las enormes olas que resbalaban hasta la orilla, hasta que nuestras naves no hubieron tocado tierra. Entonces arrollamos todas las velas y desembarcamos a la orilla del mar; después durmiendo, aguardamos la llegada de la divina Eos.
Cuando Eos, la de los dedos rosados, hija de la mañana, se dejó contemplar recorrimos y admiramos la isla. Y las Ninfas levantaron cabras monteses para que mis compañeros pudieran comer. Enseguida sacamos de las naves los arcos y las lanzas de afilada punta de bronce, y un Dios nos concedió caza abundante. Llevábamos diez naves y cada una tuvo nueve cabras y la mía diez. Cominos carne y bebimos vino, de nuestras ánforas. Al día siguiente dejé nueve naves en la orilla y yo fui con mis marinos a ver cómo eran los Cíclopes.

Tan pronto como llegamos a aquella tierra, vimos a uno de sus extremos una honda caverna sombreada por laureles al lado del mar y allí reposaban numerosos rebaños de ovejas y de cabras. Junto a ella había pinos. Allí habitaba un hombre gigantesco que, aislado y lejos de todos vivía haciendo el mal. Era un monstruo prodigioso.

Y entonces mandé a mis compañeros que se quedaran al lado de la nave y la guardaran. Y elegí doce entre los más valientes y partí. Llegamos a su gruta, sin hallarle, pero entramos y vimos quesos, nata y leche, corderos y cabritos y mis hombres querían adueñarse de todo y tornar a la nave y al mar salobre, pero yo quería ver a aquel hombre. Le esperamos sentados y vino trayendo a hombros un haz de leña seca, para preparar su comida, que arrojó a la entrada de la cueva con estrépito. Nosotros, asustados, nos fuimos al fondo. Metió las ovejas y movió un enorme bloque de piedra que le servía de puerta. Nos dijo:

_¿Quiénes sois forasteros? ¿De dónde venís surcando el mar? _así dijo, y nos quedamos espantados de la voz y del aspecto del monstruo.
_Venimos de Troya y buscamos nuestra tierra y te pido que seas hospitalario._Así hablé y me repuso con indignado ánimo:
_Eres necio, extranjero, o vienes de muy lejos; los Cíclopes no se cuidan de los Dioses. No te perdonaré ni a ti, ni a tus compañeros. Pero dime: ¿dónde has dejado tu nave? ¿lejos o cerca? Que yo lo sepa.

No me engañó, y le contesté con estas palabras engañosas:
_He escapado de la muerte ya que mi nave se ha roto y el viento la ha lanzado al mar.

Así le dije y con ánimo feroz no me contestó nada; pero arrojándose sobre mis compañeros, con las manos extendidas, cogió a dos de ellos y los aplastó contra el suelo, como a pequeños cachorros. Y los devoró como un león salvaje y no dejó ni sus huesos y después de beber muchísima leche , se tendió a dormir en medio de la gruta, entre sus rebaños. Si le hubiera clavado la espada habríamos muerto , pues no hubiéramos podido mover el pesado pedrusco.
Cuando Eos, la de los dedos rosados, hija de la mañana, se dejó contemplar, el Cíclope encendió la lumbre y se puso a ordeñar sus rebaños. Después eligió de nuevo dos de mis compañeros y preparó su comida. Y después que hubo comido, separando sin esfuerzo la enorme piedra, sacó sus rebaños. Y volvió a colocar la roca en su sitio.

Yo me quedé meditando un horrible proyecto, corté una rama de la gran maza del Cíclope y le dije a mis compañeros que la pulieran. La pulieron y yo afilé el extremo.

Y la escondí en el suelo de la gruta. Quería hundirlo en el ojo del Cíclope cuando durmiera. Cuando volvió le dije:

_Toma Cíclope y bebe este vino ya que acabas de comer carne humana para que conozcas el líquido que encerraba nuestra nave. Así le dije, tomó el vino y bebió y me pidió que le diera más y que le dijera mi nombre.

Tres veces le ofrecí y tras veces bebió enloquecido y cuando el vino hubo nublado su razón, le hablé con estas palabras:

_Me preguntas Cíclope cual es mi nombre. Mi nombre es Nadie. Mi padre, mi madre y todos mis compañeros se llaman Nadie.
Así le dije, y con indignado ánimo hubo de responderme:

_Me comeré a Nadie, después que a sus compañeros; a los demás antes que a él. Dijo así y cayó de espaldas y el sueño que a todos nos rinde le tomó. Entonces metí el palo de madera en el fuego para calentarse.
Cuando iba a empezar a arder la retiré del fuego y la clavamos en el ojo del Cíclope. Lanzaba el Cíclope horribles alaridos y las rocas se estremecían. Y nosotros huimos espantados, pero él se arrancó la estaca y la arroó lejos. Entonces llamó con grandes voces a los Cíclopes que habitaban a su alrededor. Y al oír sus voces acudieron de todos lados, le preguntaban qué le dolía:

_¿Porqué Polifemo, lanzas tales lamentos en la noche divina y nos despiertas? ¿Qué te ocurre? ¿Algún mortal te ha robado tus ovejas? ¿Quiere alguien matarte con fuerza o con engaño?

Y el robusto Polifemo le contestó desde lo hondo de su antro:

_¡Oh amigos! ¿Qué quién me mata con fuerza o con engaño? Nadie

Y ellos le respondieron con palabras aladas:

_Si nadie está contigo, nadie puede hacerte mal.

Así dijeron y se marcharon. Y yo reía, mi nombre les había engañado. Pero el Cíclope, gimiendo, lleno de dolores, tanteando con las manos, levantó la roca de la puerta, y sentándose allí mismo extendió los brazos para coger a quienquiera que intentara salir. Pensaba que yo era necio. Yo meditaba qué sería necesario para salvar a mis compañeros y a mí mismo de la muerte.

Los carneros eran gordos y lanosos, hermosos y grandes y tenían una lana de color morado. Até a mis compañeros y yo me sujeté con fuerza al más grande y esperamos a la divina Eos.

Y cuando Eos, la de los dedos rosados, hija de la mañana se dejó contemplar , el Cíclope empujó los carneros hacia los pastizales. Apenas me alejé un corto espacio del antro me descolgué del carnero y desaté a mis amigos, y llevamos los carneros a nuestras naves. Nuestros queridos compañeros nos acogieron con alegría a los pocos que habíamos escapado de la muerte y lloraron por los otros. Les ordené que metieran los lanudos carneros en la nave. Al punto se embarcaron y sentados ordenadamente en los bancos remeros y empezamos a navegar por el espumoso mar. Y cuando aún estábamos a una distancia en que la voz podía oírsenos, entonces le dije al Cíclope estas palabras ofensivas:

_Cíclope, no has debido comerte con ferocidad a los compañeros de un hombre sin defensa, por eso Zeus te ha castigado.

Así le dije y se entregó a la más violenta de las cóleras, y arrancando la cima de una enorme montaña, la arrojó a nuestro paso y cayó ante nuestra popa y el mar nos inundó.

Y nos llevó a tierra, pero con los remos logramos volver a navegar y cuando, ya dentro del mar nos hallábamos al doble de distancia de la anterior, quise de nuevo gritar al Cíclope, y todos mis compañeros se oponían diciéndome suplicantes:

_¡Desdichado! ¿Por qué quieres enojar a ese hombre salvaje? Si oye el sonido de tu voz puede aplastar nuestras cabezas. Pero yo hablé:

_Cíclope, si alguno de los hombres mortales te pregunta sobre la vergonzosa razón de tu ceguera, dile que tu ojo ha sido arrancado por Ulises, que vive en Itaca.

Así dije y en el acto suplicó al rey Poseidón, extendiendo las manos hacia el Urano estrellado:

_Escúchame Poseidón de cabellos azules que sujetas la tierra, si en verdad soy tu hijo, haz que Ulises que vive en Itaca no retorne a su patria. Mas si su destino es el de volver, que no llegue sino muy tarde, después de haber perdido a sus compañeros y que padezca después de llegar a su morada.

Así suplicó y Poseidón le prestó oídos y tiró un inmenso peñasco, pero no nos alcanzó.
Recogimos a nuestros compañeros, en las otras naves y navegamos.










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