En un rincón de la clase, en las paredes, en los pasillos... En cualquier lugar de las aulas es posible que aparezcan cosas muy interesantes que, aún aparentemente desconectadas, irán cobrando sentido en el futuro. Y pueden hacer que se aprenda la Historia, y otras disciplinas relacionadas con las ciencias sociales, con interés y entusiasmo. Ese es nuestro objetivo.

lunes, 9 de febrero de 2009

LA GRECIA CLÁSICA










LA ODISEA

Todos los hombres que pudieron evitar la negra muerte, escapados de la guerra y el mar, habían vuelto a sus hogares; pero Ulises quedaba solo, lejos de su país y de su esposa, y la ninfa Calipso, le retenía en hueca gruta, deseándole para marido. Y cuando llegó el tiempo, después de la carrera de los años, en que los Dioses quisieron que regresara a su casa de Itaca, allí también tuvo que sufrir males.
La Odisea es la historia de ese viaje.
El Olimpo

Loa Dioses se hallaban reunidos en el palacio de Zeus en el monte Olimpo. Atenea, la de los ojos claros, diosa de la paz y de la sabiduría, hija de Zeus, dijo: -mi corazón se desgarra al recordar al bravo Ulises, ¡el desdichado!, que padece ha tanto tiempo lejos de los suyos en el centro de una isla perdida en medio del mar. En esta isla toda llena de árboles está retenido y la ninfa Calipso le dice dulces y suaves palabras a fin de que olvide a Itaca, pero él quiere ver de nuevo el humo azul de su patria y desea morir...¿Y tu corazón, Zeus Olímpico, no se conmueve por los sacrificios que Ulises te rindió, frente a la gran Troya? Zeus ¿por qué estás tan irritado con él?

Y Zeus que amontona las nubes, respondiéndole dijo así:

Hija mía ¿qué palabras huyeron de entre tus dientes? ¿Cómo poder olvidarme del divino Ulises, quien, por su inteligencia, sobresale de entre los hombres? Es Poseidón, que circunda la tierra, el que le guarda constante rencor y lo condena, no queriendo matarle, a vagar lejos de su país. Pero nosotros, los que estamos aquí, aseguramos su regreso; y Poseidón depondrá su cólera, porque él solo no podrá nada contra todos los Dioses inmortales.

Y Atenea, la Diosa de los ojos claros, le respondió:

¡ Oh padre! Si place a los Dioses venturosos que Ulises retorne a su morada, envía al Mensajero Hermes y que advierta a la ninfa de la hermosa cabellera que hemos resuelto el regreso de Ulises, el de ánimo esforzado y paciente. Y yo iré a Itaca.


Itaca

Atenea, la Diosa de los ojos claros, se calzó las sandalias inmortales, doradas, que la llevaban sobre el mar y sobre la tierra inmensa como un soplo de viento. Y descendió al pueblo de Itaca y vio a los pretendientes de Penélope, esposa de Ulises, que jugaban a los dados, unos tomando vino y otros comiendo. Y vio a Telémaco, hijo de Ulises, que soñaba con el regreso de su padre y en su sueño vio a Atenea , y la pasó a su palacio y le ofreció agua en una jarra de oro y manjares numerosos y escogidos y vino. Y entraron los pretendientes y se lo comieron y bebieron todo y desearon aún más: baile y canto. Mientras, Telémaco, acercándose a su cabeza para que los demás no oyeran, dijo a Atenea, la de los ojos claros:

Estos pretendientes viven del caudal de otro, de la hacienda de un hombre que no sabemos si está en tierra o mar. Seguro que si le vieran de regreso huirían. Pero habla y di sinceramente quién eres y cómo has llegado a Itaca.

Y la Diosa Atenea, la de los ojos claros, le respondió:

He venido porque se dice que tu padre está de regreso, porque el divino Ulises no ha muerto sobre la tierra; vive retenido en un sitio intrincado del vasto mar, en una isla sacudida por el oleaje. Hallará medios para volver porque él es rico en argucias. Pero dime hijo de Ulises ¿Por qué esta reunión ruidosa? ¿Es un convite o una boda?.

Y respondió el prudente Telémaco :

Muchos príncipes que mandan en las islas pretenden a mi madre y despojan mi morada.

Y encendida de piedad, le respondió Palas Atenea:

¡En verdad que haría falta que Ulises pusiera mano en estos orgullosos pretendientes! Porque si llegara y se detuviera ante el umbral, con el casco y el escudo, con sus dos lanzas su destino sería breve. Mañana reúnelos e invítalos a abandonar tu casa . Ve a buscar a tu padre y dile a tu madre que espere un año y si Ulises no ha vuelto que se vuelva a casar.

Dijo Atenea, la de los ojos claros, que se levó volando y desapareció como un pájaro, después de infundir en Telémaco valor y astucia y dejarle más vivo el recuerdo de su padre. Y se dio cuenta de que había hablado con un Dios e inmediatamente hizo todo lo que le había dicho.
La isla de la ninfa Calipso: Ogigia

Zeus habló así a Hermes:

Hermes, tú que eres el mensajero de los Dioses, ve a decir a la Ninfa de los hermosos cabellos que hemos decretado el retorno de Ulises. Que le deje marchar. Sin que ningún Dios ni hombre mortal alguno le conduzca. Está dispuesto que vuelva a abrazar a sus amigos y entrar de nuevo en su patria y en su magnifico palacio.

Y Hermes se calzó al punto sus pies con las espléndidas e inmortales sandalias de oro que le llevaban sobre el mar igual que por la superficie de la tierra, como un soplo de viento. Y cogió su varita con cuya ayuda encantaba, adormeciéndolos, los ojos de los hombres, o los despertaba a su placer. Se remontó y se lanzó rozando las olas, semejante a una gaviota. Tal como ese pájaro, Hermes rozaba las olas infinitas.

Y cuando hubo llegado a la isla lejana, saltó del mar azul a la tierra dirigiéndose a la gruta que habita la Ninfa de los hermosos cabellos y allí la encontró. Una gran lumbre ardía en el hogar y el olor de la madera quemada perfumaba toda la isla. Y la ninfa cantaba con su hermosa voz Y Hermes se detuvo admirado sinceramente, entró luego en la vasta gruta.

Y Calipso lo reconoció; pero Hermes no vio en la gruta al magnánimo Ulises, que estaba llorando sentado en la ribera, desde donde miraba el agitado mar y vertía llanto. Y Calipso preguntó a Hermes:

¿Por qué vienes a mí, querido y venerado Hermes, el de la varita de oro? Jamás te vi en mi morada. Dime cuales son tus deseos, pues mi corazón me manda complacerte. Y sígueme, que deseo ofrecerte los manjares de la hospitalidad.

Dicho esto, la ninfa preparó una mesa con ricos manjares y Hermes bebió y comió y después de descansar dijo:

Me preguntas por qué un Dios viene a visitarte y voy a responderte con sinceridad, como deseas. Zeus me ha mandado venir. Dicen que retienes a tu lado a un hombre, el más sin ventura de los que combatieron durante nueve años en torno a la ciudad de Troya, al fin la saquearon en el décimo y emprendieron en sus naves el retorno, pero él fue arrastrado hasta aquí por el viento y las olas. Ahora Zeus te manda que lo envíes cuanto antes, pues no es su designio el de morir lejos de sus amigos, sino el de volver a verlos llegando a su alto palacio y pisando el suelo de su patria.

Habló así, y Calipso estremeciéndose le respondió con estas palabras aladas:

Sois injustos, ¡oh dioses!, y celosos, ahora me envidiáis porque tengo a mi lado un hombre mortal que yo salvé y recogí abandonado. Habían perecido todos sus valientes compañeros y el viento y las olas lo trajeron hasta aquí. Yo le recogí y me propuse ponerle a salvo de la vejez para siempre. Pero ya que no es posible oponerse a la voluntad de Zeus tempestuoso, puesto que él quiere que Ulises viaje de nuevo por el mar agitado, sea; pero yo no le enviaré, porque no tengo naves provistas de remos, ni compañeros que le conduzcan por el ancho mar. Le aconsejaré de buen grado, y no le ocultaré lo que pueda servir para que llegue sano y salvo al suelo de su patria.

Y Hermes, el mensajero de los Dioses le respondió en el acto:

Envíale cuanto antes, así te evitarás la cólera de Zeus, no sea que se ensañe contra ti en lo sucesivo.

Dijo así y se elevó, y la Ninfa venerable, después de escuchar las órdenes de Zeus, fue hacia donde se hallaba el magnánimo Ulises. Le encontró sentado en la ribera, que jamás en sus ojos se secaban la lágrimas, y su dulce vida se consumía en gemir, pensando en el retorno, porque la Ninfa no le era grata.

Y aproximándose le dijo:

¡Desdichado! No te lamentes ni consumas tu vida, porque yo te dejaré ir muy pronto. ¡Anda construye una ancha balsa con gruesos troncos para que te lleve por el mar sombrío. Por mi mano te daré pan, agua y vino rojo, que saciarán tu hambre, te entregaré vestidos y haré soplar un viento propicio, a fin de que llegues sano y salvo a tu tierra patria, si lo consienten los Dioses que pueblan el ancho Urano, y que pueden más que yo por su inteligencia y sabiduría.

Y el ingenioso Ulises respondió, diciendo así:

Quiero y deseo todos los días que llegue el momento del retorno y de volver a mi casa. He estado aquí siete años. Estoy deseoso de ver a mi mujer a la que añoro. Si algún Dios me agobia todavía con infortunios en el mar, lo sufriré con ánimo paciente. He padecido demasiado sobre las olas y en la guerra; que me lleguen nuevos tormentos si es preciso.

Cuando así hablaba llegaron las tinieblas y se retiraron y descansaron. Y tan pronto como Eos, la de los dedos rosados, hija de la mañana, se dejó contemplar, Ulises se vistió su túnica y su manto y la Ninfa se cubrió con una amplia vestidura ligera y graciosa, ciñó a sus caderas una espléndida cinta de oro y tocó su cabeza con un velo, disponiéndose a preparar la partida del héroe magnánimo. Le entregó una enorme hacha de bronce y le condujo a un extremo de la isla, donde crecían árboles rollizos cuya madera seca flotaría fácilmente y Calipso volvió a su morada.

En seguida Ulises cortó los árboles y los trabajó convenientemente. Derribó veinte. Los ató y Calipso trajo tela para las velas que Ulises preparó y llevó la balsa al ancho mar y al cuarto día todo el trabajo estaba terminado y al quinto la Ninfa lo despidió de la isla, y colocó sobre la balsa un odre de vino tinto, otro mayor de agua y le entregó en un saco de cuero comida y le mandó un viento suave y propicio.
Y el divino Ulises, jubiloso, desplegó sus velas al viento favorable, y, sentándose al timón, gobernaba hábilmente la balsa, sin que el sueño cerrara sus párpados. Durante diecisiete días navegó sobre el mar contemplando las estrellas. Y al llegar al decimoctavo vio tierra.

Y Poseidón que sacude la tierra, desde las montañas vio a Ulises atravesar el mar; su corazón se encendió de ira, y sacudiendo la cabeza se dijo para sí:

¡Oh Dioses! Sin duda los inmortales han resuelto favorablemente a Ulises mientras yo he estado lejos. Pienso que ha de sufrir todavía. Y tomó el tridente entre sus manos y desencadenó la tempestad de todos los vientos.

Y flaquearon las rodillas y el corazón de Ulises, y con tristeza habló de esta manera:

¡Ah, desdichado de mí! ¿qué va a ocurrirme?. El mar está alborotado, las tempestades de todos los vientos se ciernen desencadenadas, y se aproxima mi aniquilamiento definitivo. ¡Ahora mi sino es sufrir una muerte oscura!

Dijo, y una enorme ola se precipitó sobre él. Y Ulises fue arrastrado, arrancado de sus manos el timón y arrebatada la vela. Y Ulises permaneció largo tiempo entre las olas, no pudiendo salir a flote a causa de la impetuosidad del mar. Y notaba que los vestidos que le regalara la divina Calipso le entorpecían y vomitaba agua salobre y la espuma resbalaba sobre su cabeza. Mas aunque afligido, no se olvidó de su balsa y nadando vigorosamente a través de las olas, volvió a asirla y sentándose en ella, se salvó de la muerte. Y las enormes e impetuosas olas llevaban la balsa aquí y allá. Y del mismo modo que el viento de otoño arrastra por la llanura las hojas desprendidas, así los vientos jugaban con la balsa, llevándola aquí y allá.

Y Poseidón dijo:

Sufre aún mil trabajos vagando por el mar hasta que llegues donde viven esos hombres. Y partió a su morada.

Pero Atenea, la hija de Zeus, tuvo otras inspiraciones. Cortó el camino de los vientos y les mandó cesar. Refrenó la marcha de las olas hasta que el divino Ulises, escapando a la muerte, se vio entre los faiakienos, hábiles en los trabajos del mar.

Y durante dos días y dos noches Ulises vagó sobre las olas sombrías y su corazón presintió la cercana muerte; pero cuando Eos, la de hermosa cabellera, anunció el tercer día, el viento se calmó y reinó una serenidad tranquila; y alzándose sobre una ola y mirando atentamente, Ulises pudo ver la tierra próxima. Y nadó esforzándose por pisar aquella tierra; pero cuando se hallaba cerca escuchó el ruido del mar contra las rocas y se dijo así:

¡Ay de mí! Zeus me concedió ver inesperada tierra , he llegado hasta aquí: después de haber surcado las aguas y no sé cómo salir .el mar profundo. Hay muchas rocas y el fondo del mar no está cerca y no puedo apoyar mis pies en parte alguna, ni escapar a mi infortunio; y puede ocurrir que una ola enorme me estrelle contra esas rocas y todos mis esfuerzos sean vanos. Si sigo nadando aún hasta encontrar una playa lamida por las aguas o un puerto, temo que la tempestad me coja de nuevo y vuelva a arrojarme, a pesar de mis lamentos, al profundo mar abundante en peces, o que alguno de los Dioses me entregue a un monstruo marino, pues sé cuan irritado está contra mí el Ilustre que sacude la tierra.

Cuando él pensaba así en su espíritu y su corazón , una vasta ola le llevó hacia la áspera ribera, y allí hubiera desgarrádose su piel y roto sus huesos , si Atenea, la Diosa de los ojos claros, no le hubiera inspirado. Avanzó, con ambas manos asió la roca, y a ella se abrazó gimiendo, hasta que la ola inmensa se deslizó, pasando sobre él, le empujó y le volvió al mar y nadó mirando a la tierra por si hallaba algún sitio un puerto o una playa lamida por el mar. Y cuando llegó nadando a la desembocadura de un río de hermosa corriente, notó que el lugar era magnífico y formaba un natural abrigo entre dos rocas iguales, el río se tornó tranquilo ante Ulises que se guareció en su desembocadura. Y sus rodillas y sus brazos estaban cansados y su corazón fatigado por la lucha por el mar. Todo su cuerpo estaba hinchado, y el agua salada rebosaba de su boca y de sus narices. Sin aliento y sin voz quedó sin fuerza, porque una angustiosa fatiga le vencía.
Entonces Ulises ,alejándose del río, se echó sobre unos juncos, besó la tierra , se ocultó bajo las hojas, y Atenea dejó caer el sueño sobre sus ojos.
El pueblo de los faiakienos

Dormía allí el paciente y divino Ulises, vencido por el sueño y el cansancio.

Entonces reinaba Alkinoo. Su hija, la joven doncella Nausicaa, semejante a los Dioses en gracia y belleza dormía. Y Atenea, la Diosa de los ojos claros, dirigiose a su palacio, y penetrando en la estancia de Nausicaa le dijo que cuando amaneciera fuera al río a lavar sus trajes. Y regresó al Olimpo, donde dicen que están las moradas de los Dioses, donde el viento no castiga; donde la lluvia no llega; donde no cuaja la nieve y reina una serenidad de ambiente que no alteran las nubes y un claro esplendor. Hasta allí se remontó la Diosa de los ojos claros cuando hubo hablado con la joven doncella.

Nausicaa, la de los brazos blancos. despertó admirada del sueño que había tenido y se apresuró a correr al palacio y su madre estaba tejiendo y su padre salía. Y deteniéndose cerca de su amado padre, le dijo:

Padre querido, ¿querrías prepararme un carro ancho y alto para que lleve el río mis hermosos vestidos, que están sucios?.

No te negaré hija mía ni el carro , ni las mulas. Dicho esto dio órdenes a sus criados y al punto obedecieron.

Y cuando hubieron llegado a la corriente limpia del río, tomaron del carro los vestidos, que sumergieron en agua profunda y después los tendieron en las rocas de la orilla. Después la princesa y sus criadas se bañaron y se perfumaron y prepararon su comida a la orilla del río. Y los vestidos se secaban bajo el esplendor de Helios.
Mas cuando apenas faltaba doblar los vestidos, las doncellas lanzaron gritos ruidosos porque se cayó una pelota al agua y Ulises, que estaba cerca, se despertó. Salió de entre los arbustos y vio a la hija de Alkinoo y a las doncellas y todas huyeron menos la princesa Nausicaa, la de los hermosos brazos.

Y le dijo:

Te pido piedad, pues he estado veinte días en el mar . Enséñame la ciudad y dame alguna prenda para cubrirme.

Ulises se bañó en el río y colocaron a su lado un manto y una túnica. Y las esclavas sirvieron a Ulises de comer y de beber. Después de tener los vestidos plegados en el carro, Nausicaa, la de los hermosos brazos le dijo a Ulises:

Forastero, vayamos a la ciudad y yo te llevaré a la morada de mi prudente padre.

Al llegar al palacio por un extenso jardín de florecientes árboles; unos daban la pera y la granada, la hermosa naranja otros y otros el higo dulce y la aceituna verde. Y jamás faltaban estos frutos, en invierno y verano, pues Céfiro, soplando siempre, hacía crecer a unos y madurar a otros y cuando Ulises hubo visto estas cosas y las hubo admirado entró y Alkinoo le dijo a Ulises estas palabras aladas:

¿Quién eres? ¿De donde vienes?. Habla y dinos por qué lugares vagaste, los países que has visto, las ciudades y los hombres ya fuesen crueles y salvajes ya justos y hospitalarios como place a los Dioses.

Soy Ulises y todos los hombres conocen mis astucias y mi fama ha subido hasta el Urano. Habito en Itaca, una isla con muchas islas vecinas. Y el ingenios Ulises contó la historia de Troya y del valiente Aquiles. Y los faiakienos estaban encantados con su relatos, pero, de nuevo Ulises lloró con la cabeza escondida, pues sentía nostalgia de su patria.

Y dijo Alkinoo, que estaba sentado junto a él: ya que hemos comido, salgamos y entreguémonos a todos los juegos para que nuestro huésped lo cuente cuando esté en su patria. Se encaminaron al ágora y un gentío numeroso les seguía, y allí muchos robustos mozos se levantaron. Se probaron primero en la carrera, saliendo a la vez de la raya, otros compitieron en la lucha, en arrojar el disco. Eran los atletas. Y Ulises participó con el arco y en el lanzamiento de la pica.

Al terminar los juegos se bañaron en agua tibia y comieron y bebieron y escucharon bellas canciones y Alkinoo le prometió una nave que lo llevara asta Itaca, cuando les contara sus aventuras.

El relato de las aventuras y desventuras que hizo Ulises:

Los lotófagos

Cuando salimos del mar de Troya, navegamos, alejándonos de allí, jubilosos de haber evitado la muerte y con el corazón entristecido por la perdida de nuestros compañeros. Hubiera llegado sano y salvo al suelo de mi patria si la corriente y los vientos contrarios no nos hubieran arrastrado nueve días; pero al décimo llegamos al país de los lotófagos, que se alimentan de una flor. Mandé a dos de mis compañeros a que averiguaran quienes eran los hombres que habitaban aquella tierra.

Los lotófagos no les causaron ningún mal y les brindaron lotos para comer. Y cuando hubieron probado el dulce loto se olvidaron de todo y querían quedarse con los lotófagos y alimentarse de lotos.. Y conducidos a las naves, a pesar de sus lágrimas les até a las naves y ordené a mis camaradas que remaran en seguida, no ocurriera que comiesen loto y olvidasen el regreso.
Cíclopes

Y llegamos a la tierra de los Cíclopes orgullosos y sin leyes, no plantan árbol por sus manos ni labran la tierra, en la cual, sin siembra ni cultivo, crecen todas las plantas: el trigo, la cebada y las viñas, con grandes racimos nacidos bajo las lluvias de Zeus. No tienen casa, ni costumbres y viven en la cima de las altas montañas y en las profundas cavernas.

Así mismo tampoco tienen los Cíclopes naves pintadas de rojo, ni quién las construya.

Tiene su isla blandas y húmedas praderas a la orilla del blanco mar. Allí viven cabras silvestres. Al fondo del puerto una fuente limpia mana en el hueco de una gruta rodeada de álamos.

Este es el lugar donde fuimos llevados, conducidos sin duda por un Dios durante la noche oscura, en la que nada podíamos ver . Una espesa niebla envolvía las naves y Selene no brillaba en el Urano, todo cubierto de nubes. Y ninguno de nosotros vio la isla por sus ojos ni las enormes olas que resbalaban hasta la orilla, hasta que nuestras naves no hubieron tocado tierra. Entonces arrollamos todas las velas y desembarcamos a la orilla del mar; después durmiendo, aguardamos la llegada de la divina Eos.

Cuando Eos, la de los dedos rosados, hija de la mañana, se dejó contemplar recorrimos y admiramos la isla. Y las Ninfas levantaron cabras monteses para que mis compañeros pudieran comer. Enseguida sacamos de las naves los arcos y las lanzas de afilada punta de bronce, y un Dios nos concedió caza abundante. Llevábamos diez naves y cada una tuvo nueve cabras y la mía diez. Cominos carne y bebimos vino, de nuestras ánforas.

Al día siguiente dejé nueve naves en la orilla y yo fui con mis marinos a ver cómo eran los Cíclopes.

Tan pronto como llegamos a aquella tierra, vimos a uno de sus extremos una honda caverna sombreada por laureles al lado del mar y allí reposaban numerosos rebaños de ovejas y de cabras. Junto a ella había pinos. Allí habitaba un hombre gigantesco que, aislado y lejos de todos vivía haciendo el mal. Era un monstruo prodigioso.

Y entonces mandé a mis compañeros que se quedaran al lado de la nave y la guardaran. Y elegí doce entre los más valientes y partí. .Llegamos a su gruta, sin hallarle, pero entramos y vimos quesos, nata y leche, corderos y cabritos y mis hombres querían adueñarse de todo y tornar a la nave y al mar salobre, pero yo quería ver a aquel hombre. Le esperamos sentados y vino trayendo a hombros un haz de leña seca, para preparar su comida, que arrojó a la entrada de la cueva con estrépito. Nosotros, asustados, nos fuimos al fondo. Metió las ovejas y movió un enorme bloque de piedra que le servía de puerta. Nos dijo:

¿Quiénes sois forasteros? ¿De dónde venís surcando el mar?

Así dijo, y nos quedamos espantados de la voz y del aspecto del monstruo.

Venimos de Troya y buscamos nuestra tierra y te pido que seas hospitalario.

Así hablé y me repuso con indignado ánimo:
Eres necio, extranjero, o vienes de muy lejos, los Cíclopes no se cuidan de los Dioses. No te perdonaré ni a ti, ni a tus compañeros. Pero dime: ¿dónde has dejado tu nave? ¿lejos o cerca? Que yo lo sepa.

No me engañó Le contesté con estas palabras engañosas: He escapado de la muerte ya que mi nave se ha roto y el viento la ha lanzado al mar.

Así le dije y con ánimo feroz no me contestó nada; pero arrojándose sobre mis compañeros, con las manos extendidas, cogió a dos de ellos y los aplastó contra el suelo, como a pequeños cachorros. Y los devoró como un león salvaje y no dejó ni sus huesos y después de beber muchísima leche , se tendió a dormir en medio de la gruta, entre sus rebaños. Si le hubiera clavado la espada habríamos muerto , pues no hubiéramos podido mover el pesado pedrusco.
Cuando Eos, la de los dedos rosados, hija de la mañana, se dejó contemplar, el Cíclope encendió la lumbre y se puso a ordeñar sus rebaños. Después eligió de nuevo dos de mis compañeros y preparó su comida. Y después que hubo comido, separando sin esfuerzo la enorme piedra, sacó sus rebaños. Y volvió a colocar la roca en su sitio.

Yo me quedé meditando un horrible proyecto, corté una rama de la gran maza del Cíclope y le dije a mis compañeros que la pulieran. La pulieron y yo afilé el extremo.

Y la escondí en el suelo de la gruta. Quería hundirlo en el ojo del Cíclope cuando durmiera. Cuando volvió le dije:

Toma Cíclope y bebe este vino ya que acabas de comer carne humana para que conozcas el líquido que encerraba nuestra nave. Así le dije, tomó el vino y bebió y me pidió que le diera más y que le dijera mi nombre.

Tres veces le ofrecí y tras veces bebió enloquecido y cuando el vino hubo nublado su razón, le hablé con estas palabras:

Me preguntas Cíclope cual es mi nombre. Mi nombre es Nadie. Mi padre, mi madre y todos mis compañeros se llaman Nadie.

Así le dije, y con indignado ánimo hubo de responderme:

Me comeré a Nadie, después que a sus compañeros; a los demás antes que a él. Dijo así y cayó de espaldas y el sueño que a todos nos rinde le tomó. Entonces metí el palo de madera en el fuego para calentarse. Cuando iba a empezar a arder la retiré del fuego y la clavamos en el ojo del Cíclope. Lanzaba el Cíclope horribles alaridos y las rocas se estremecían. Y nosotros huimos espantados, pero él se arrancó la estaca y la arrojó lejos. Entonces llamó con grandes voces a los Cíclopes que habitaban a su alrededor. Y al oír sus voces acudieron de todos lados, le preguntaban qué le dolía:

Por qué Polifemo, lanzas tales lamentos en la noche divina y nos despiertas? ¿Qué te ocurre? ¿Algún mortal te ha robado tus ovejas? ¿Quiere alguien matarte con fuerza o con engaño?
Y el robusto Polifemo le contestó desde lo hondo de su antro:
¡Oh amigos! ¿Qué quién me mata con fuerza o con engaño? Nadie
Y ellos le respondieron con palabras aladas:

Si nadie está contigo, nadie puede hacerte mal.

Así dijeron y se marcharon. Y yo reía, mi nombre les había engañado. Pero el Cíclope, gimiendo, lleno de dolores, tanteando con las manos, levantó la roca de la puerta, y sentándose allí mismo extendió los brazos para coger a quienquiera que intentara salir. Pensaba que yo era necio. Yo meditaba qué sería necesario para salvar a mis compañeros y a mí mismo de la muerte.

Los carneros eran gordos y lanosos, hermosos y grandes y tenían una lana de color morado. Até a mis compañeros y yo me sujeté con fuerza al más grande y esperamos a la divina Eos.

Y cuando Eos, la de los dedos rosados, hija de la mañana se dejó contemplar , el Cíclope empujó los carneros hacia los pastizales. Apenas me alejé un corto espacio del antro me descolgué del carnero y desaté a mis amigos, y llevamos los carneros a nuestras naves. Nuestros queridos compañeros nos acogieron con alegría a los pocos que habíamos escapado de la muerte y lloraron por los otros. Les ordené que metieran los lanudos carneros en la nave. Al punto se embarcaron y sentados ordenadamente en los bancos remeros y empezamos a navegar por el espumoso mar. Y cuando aún estábamos a una distancia en que la voz podía oírsenos, entonces le dije al Cíclope estas palabras ofensivas:

Cíclope, no has debido comerte con ferocidad a los compañeros de un hombre sin defensa, por eso Zeus te ha castigado.

Cíclope, si alguno de los hombres mortales te pregunta sobre la vergonzosa razón de tu ceguera, dile que tu ojo ha sido arrancado por Ulises, que vive en Itaca.

Así dije y en el acto suplicó al rey Poseidón, extendiendo las manos hacia el Urano estrellado:

Escúchame Poseidón de cabellos azules que sujetas la tierra, si en verdad soy tu hijo, haz que Ulises que vive en Itaca no retorne a su patria. Mas si su destino es el de volver, que no llegue sino muy tarde, después de haber perdido a sus compañeros y que padezca después de llegar a su morada.

Así suplicó y Poseidón le prestó oídos y tiró un inmenso peñasco, pero no nos alcanzó.
Recogimos a nuestros compañeros, en las otras naves y navegamos.

Eolia

Llegamos a la isla de Eolia, donde moraba Eolo. Y un irrompible muro de acero rodeada la isla toda. Doce hijos habían nacido en el palacio real de Eolo y todos disfrutaban de un continuo banquete junto a su amado padre y su madre venerada. Y nosotros entramos en la ciudad y en sus hermosas casas. Y por espacio de un mes me acogió Eolo y me preguntaba noticias de Troya. Y yo le informé de todas esas cosas convenientemente. Cuando le pedí partir me regaló una bolsa, en la cual encerró el soplo de los vientos tempestuosos.
Sin tregua, navegamos durante nueve días y nueve noches, pero cuando me dormí mis hombres pensando que contenía oro y plata lo abrieron y todos los vientos se escaparon. Y en el acto, la tempestad furiosa, nos llevó por el mar, sollozando, lejos de la tierra patria. Sólo se salvó mi nave, todos los demás perecieron allí.

Eea: la isla de Circe

Y seguimos navegando hacia delante, tristes nuestros corazones por haber perdido a nuestros compañeros, pero alegres por haber escapado a la muerte. Y llegamos a la isla Eea, que es donde habitaba Circe, la de los hermosos cabellos, hija de Helios que ilumina a los hombres.

Hicimos dos grupos y veintidós hombres partieron. Y hallaron en un valle, los palacios de Circe, y en sus alrededores vagaban lobos monteses y leones, pues Circe los había domesticado y no solo no se arrojaban sobre los hombres, sino que se les acercaban moviendo sus largas colas, como los perros acarician a su amo cuando acaba de comer y suele arrojarles buenos despojos. Mis compañeros se detuvieron a las puertas de la Diosa de hermosos cabellos. Y escucharon a Circe, que cantaba una hermosa canción en su morada, mientras tejía una divina tela. Uno de mis compañeros, dijo el primero:

¿Es una Diosa o una mujer mortal?. Llamémosla.

Y todos llamaron a voces. Y Circe salió enseguida y los invitó, y todos la siguieron imprudentemente. Y solo uno se quedó en la puerta vigilando. Y Circe haciendo entrar a mis compañeros les obligó a sentarse en sillas y sillones. Les ofreció vino con queso, pero puso veneno en el pan con el fin de hacerles olvidar el suelo de su patria. De todo les ofreció; ellos comieron y bebieron y tocándoles con una varita les encerró en pocilgas. Tenían la cabeza, la voz, el cuerpo y las cerdas del puerco, pero su espíritu seguía siendo el mismo de antes. Y lloraron cuando se vieron encerrados; y Circe, para que comieran les dio comida de cerdos.
Y el vigilante que quedó en la puerta volvió apresuradamente a su nave negra y rápida para enterarnos de la triste fortuna de nuestros compañeros:

Yo he de ir allá.

Dicho esto me alejé del mar y de la nave, y cruzando los valles sagrados llegaba ya al gran palacio de la envenenadora Circe, cuando Hermes, el de la varita de oro, salió a mi encuentro. Y tomándome de la mano me dijo así:

¡Desdichado! ¿Dónde vas tu solo por estas colinas? Tus compañeros están encerrados en el palacio de Circe, y habitan, como los cerdos, las pocilgas ¿Vienes acaso a libertarlos?. En verdad, no creo que vuelvas tampoco tú, sino que te quedes donde ellos están. Pero yo te liberaré de ese peligro, yo te salvaré. Te pondrá veneno en el pan, pero no podrá encantarte porque el excelente remedio que yo te daré no lo permitirá.

Después de decir esto, Hermes me dio el remedio, que arrancó de la tierra, y me explicó su naturaleza. Su raíz era negra y su flor semejante a la leche y es muy difícil de arrancar por las manos de los mortales. Después Hermes se elevó hacia el Olimpo y yo me dirigí al palacio de Circe.

Y deteniéndome ante las puertas de la Diosa de hermosos cabellos, la llamé, y escuchó mi voz y saliendo enseguida, abrió las puertas magníficas y me invitó a pasar. La seguí triste en mi corazón, y ya dentro me hizo sentar en un sillón claveteado de plata y bien tallado. Y preparó en una copa de oro la mixtura que me destinaba, y meditando el mal de su ánimo, mezcló el veneno. Después de dármelo, y como yo lo bebiera, me tocó con su varita y me dijo:

Ve ahora a la pocilga y túmbate con tus compañeros.

Así dijo, mas yo saqué la vaina de mi espada y me arrojé sobre ella como si quisiera matarla. Entonces, lanzando un grito me dijo , llorando, estas palabras:

¿Quién eres entre los hombres? ¿Dónde está tu pueblo? Me sorprende, que habiendo bebido estos venenos, no te hayas transformado. Jamás hombre alguno que los pasó por entre sus dientes los hubo resistido. Tú debes ser el ingenioso Ulises, que debía llegar aquí a su regreso de Troya a bordo de su negra y rápida nave, según Hermes, el de la varita, me tiene predicho.

Y me preparó pan y numerosos manjares, que colocó en la mesa. Y Circe me invitó a comer, cosa que yo no quise hacer. Pero Circe, viéndome en este estado, sin comer y lleno de tristeza, se acercó a mí y me dijo estas palabras aladas:

¿Por qué Ulises permaneces mudo, sin comer, ni beber?

Así me habló, y contestándole dije:

-Si quieres que coma y beba, liberta a mis compañeros y que yo los contemple.

Circe salió de sus estancias llevando una varita en la mano y abrió la puerta de las pocilgas y sacó a mis compañeros con la figura de cerdos . Y colocándose ante ellos, frotó a cada uno con un bálsamo y recobraron su apariencia de hombres. Todos me reconocieron y lloraban de alegría Y la Diosa tuvo piedad, y acercándose a mí, me dijo:

Ulises dirígete ahora mismo hacia tu ligera nave a la orilla del mar, debes dirigirte, antes que a tu patria, debes ir a Persefonia, cruzando el océano. Allí hay una roca, a ella te acercarás, héroe, como yo te ordeno, y cavarás un foso y escucharás.
Yo recorrí la casa llamando a mis compañeros:

Hemos de partir, Circe lo permite, pero no a nuestros hogares. Hemos de ir a consultar el oráculo.


El oráculo

Ellos se arrancaban los cabellos. Pero nada remediaron con gemir, pues volvimos a nuestra rápida nave, a la orilla del mar. Cuando todas las cosas estaban colocadas en su sitio, a bordo de la nave, nos sentamos nosotros, y el viento y el piloto nos llevaron. Todo el día bogamos con las velas desplegadas, hasta que Helios cayó y todos los caminos se llenaron de sombras. Y la nave llegó a los límites del profundo Océano.

Era un sitio donde siempre era noche, y por fin dimos con la comarca que nos indicara Circe y cavé como ella me dijo y allí vi y escuché a los que ya habían muerto, a mis compañeros, a mi madre, a algunos amigos, al rey Agamenón, a Aquiles, a otros héroes.

Y vi a Sísifo, que sufría grandes tormentos conduciendo una inmensa roca con sus manos. Y se esforzaba en conducirla con sus manos y sus pies hasta la cumbre de una montaña. Y cuando se halla a punto de escalar la cumbre, en aquel instante le flaqueaba la fuerza, y la inmensa roca rodaba hasta abajo. Pero él recomenzaba de nuevo, y el sudor brotaba de sus miembros y el polvo se alzaba por encima de su cabeza.

Y vi la fuerza de Hércules, o su imagen mejor, pues él se hallaba entre los Dioses inmortales, gozando de sus banquetes. Y Hércules se acercaba, el arco en la mano, la flecha sobre la cuerda y me reconoció.
Y el oráculo me dijo:
Buscas un feliz regreso, ilustre Ulises, más un Dios te lo hará difícil, pues Poseidón, que sacude la tierra, está irritado contra ti porque cegaste a su hijo. Llegaréis, sin embargo, a vuestra patria, después de sufrir mucho.

Encontrarás primero a las Sirenas que encantan a todos los hombres que se les aproximan; pero está perdido aquel, que, imprudentemente, escuche su canto, y jamás su mujer y sus hijos volverán a verle. Navega rápidamente al otro lado y tapa las orejas de tus compañeros. En cuanto a ti escúchalas si te place; pero que tus compañeros te aten al mástil de la por los pies y por las manos antes de que escuches con gran delicia la voz de las sirenas.

Al llegar a la isla de Trinakia encontrareis los rebaños de Helios, si les causáis daño, te anuncio la perdición de tu nave y de tus compañeros.

La isla de las sirenas

Volví a la nave , que corrió hacia las olas del mar y se acercaba rápidamente a la isla de las sirenas y yo, Ulises, les conté a mis compañeros lo que me había dicho el oráculo. Plegaron las velas, yo corté cera que amasé en pequeños trozos y tapé las orejas de todos mis compañeros. Y en la misma nave me ataron con cuerdas de pies y manos, a lo largo del mástil.

Nos acercamos a una distancia desde la que se hubiera oído nuestra voz, y la nave rápida, ya tan próxima, fue al punto advertida por las Sirenas, que entonaron su armonioso canto. Cantaban, haciendo resonar su hermosa voz, y mi corazón quería oírlas. Hice señas a mis compañeros para que me desataran, pero, agitaron vivamente los remos y me ataron más fuerte.

Cuando las hubimos dejado atrás y no oíamos su voz y su canto, mis queridos compañeros se quitaron la cera de las orejas y me desataron.

Trinakia: la isla de Helios

Y llegamos a una isla, Trinakia. Allí estaban las hermosas moradas de las Ninfas. Les dije a mis compañeros:

¡Oh amigos! Puesto que hay en la rápida nave que comer y beber, no toquemos esos bueyes, a fin de que no nos sobrevenga una desgracia. Estos son los rebaños de un Dios, de Helios, que todo lo ve y lo escucha.

Durante el tiempo que mis compañeros tuvieron pan y vino rojo no tocaron los bueyes, luego pescamos peces y comimos pájaros, pues teníamos hambre.

Yo me interné en la isla con el fin de rogar a los Dioses y cansado, me dormí.

Mis compañeros cogieron los mejores bueyes y los degollaron y los asaron y comieron.

Yo me apresuré a regresar al ancho mar y hacia la nave rápida y empujamos la nave al mar y el mar se volvió negro y Céfiro sopló con gran estruendo y la tempestad rompió los cables y Zeus tronó y lanzó un rayo contra la nave y mis compañeros se fueron a pique. Yo encontré el mástil y me subí encima y fui arrastrado por la fuerza de los vientos que me llevaron a la isla de Ogigia, donde vivía Calipso.


Habló así Ulises y todos se quedaron silenciosos y encantados. Y le contestó Alkinoo:

¡Ah Ulises! Puesto que has llegado hasta mi alta morada, no creo que errarás de nuevo ni sufrirás otros males antes de tu retorno, pues demasiado padeciste ya. Y todos los jefes faiakienos le ofrecieron regalos de mucho valor. Y todos se fueron a dormir a su morada.

Cuando Eos, hija de la mañana, se dejó contemplar, dirigieronse presurosamente hacia la nave, llevando los regalos, los colocaron y prepararon un banquete de despedida.
Y Ulises dijo así:

¡ Rey Alkinoo, el más ilustre de todo el pueblo! Despedidme sano y salvo. ¡Yo os saludo a todos! Ya se cumple lo que anhelaba mi corazón.

Los marineros, subieron a la nave y colocaron el vino y la comida y empezaron a remar. Y Ulises durmió y no se acordaba ni de sus luchas con los hombres, ni de los mares peligrosos.
Y cuando vio la luz de Eos, hija de la mañana, la nave llegó a la isla. La nave había llegado a Itaca.

Los pretendientes fueron vencidos por Ulises y fue feliz junto a su esposa de grandes virtudes, la irreprochable Penélope, que no se olvidó jamás del héroe Ulises, con quién se había desposado y con su padre, ya muy viejo y con su amado hijo Telémaco.

Y la Diosa Atenea, la de los ojos claros, hizo que las luchas cesasen y reinase la paz y la abundancia










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Este texto es una adaptación de parte de La Odisea de Homero realizada para completar un proyecto sobre la cultura clásica griega en una clase de Educación Infantil (cinco años) en el Colegio Público Escultor González Moreno de Aljucer (Murcia)

He intentado mantener el lenguaje literario del autor. El resumen omite muchos pasajes del libro, sobre todo los que se refieren a los acontecimientos que suceden en la isla de Itaca en ausencia de Ulises y pormenores de la vida de Penélope y Telémaco, centrándose sobre todo en las aventuras de Ulises después de salir de la isla de Troya, hasta llegar a su patria Itaca

Aun así también se ha prescindido de la conquista de los cicones y de los sucesos con los lestrigones y con Escila .

Los hechos vividos por Ulises, ya en Itaca, también quedan reducidos al mínimo.

La lectura se unirá a la narración, las imágenes y el juego.

Puede empezar a leerse por la primera historia, después de la guerra de Troya o partes aisladas.

Elvira Pérez Egea







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